Hambre de Dios

Me pregunto por qué los hombres cuando van a un banquete disfrutan tanto comiendo y bebiendo y, en cambio, cuando van a una iglesia, se aburren soberanamente. ¿Será más importante alimentar el cuerpo que alimentar el alma?


El cuerpo es mortal, el alma no muere, y el hombre es más alma que cuerpo. Lo lógico sería que, si siento gusto por la comida y la bebida, sintiera más gusto cuando voy a abrevar mi alma en las fuentes cristalinas de la oración, de las virtudes teologales, de los sacramentos. Es decir, debería disfrutar hondamente de todos estos valores espirituales.
¿Qué está pasando? Para el comer y beber sentimos hambre, sentimos sed, para las cosas del alma ya no sentimos ni hambre ni sed. ¿Por qué? ¿No será que nuestra alma está enferma?
Tenemos hambre de Dios. Cuando estás desesperado, tienes hambre y sed del Dios misericordioso, aunque no lo sepas.
Cuando te sientes abandonado y despreciado, sientes hambre y sed del Dios Amor que hace felices a millones.
Cuando el temor te agobia, es que estás hambriento de la paz de Dios.
Cuando te sientes triste, es que tienes hambre y sed de las caricias de una Madre.
Yo he sentido, muchos han sentido, esa hambre y sed de paz, de amor, de misericordia, y sólo en Dios la han saciado.
Lo dijo una mujer de Castilla, que además es santa, de nombre Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.”
Si tienes todo menos a Dios, todo te falta. Si tienes a Dios, nada te falta.

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