Libertad literaria y libertad verdadera

Hoy, como ayer, existen promotores de teorías fatuas que suponen que un día las computadoras o los científicos podrán determinar todas y cada una de nuestras acciones, supuestamente libres pero férreamente controladas por fuerzas mecánicas o por factores ambientales.


Fernando Pascual
El escritor actúa como si fuera un “subcreador”: construye personajes, entra en su psicología, organiza sus acciones, da sentido a una historia, describe las causas y los efectos de acontecimientos grandiosos o de dramas íntimos de una familia cualquiera.
La idea de que el escritor es un “subcreador” viene de Tolkien. La explica en algunas de sus cartas, y la lleva a la práctica, como tantos otros grandes literatos, en sus novelas, especialmente en “El Señor de los anillos”.
En las novelas, en los dramas, en las obras de literatura, los personajes actúan con una apariencia de libertad. En realidad, el escritor los “domina”, los controla, los dirige poco a poco.
A veces el autor sigue un proyecto preestablecido: desde el inicio ya tenía claro desde dónde arrancaba un personaje y hacia dónde quería dirigirlo. Otras veces, con el pasar de los días o de los meses, la imaginación viva del “subcreador” se abre a nuevos proyectos, lanza al papel (o a la computadora) perspectivas inesperadas, hasta el punto de que la novela termina donde el escritor nunca había imaginado. Incluso en este segundo caso, el autor “domina” e impone sus ideas y sus sentimientos sobre los protagonistas: la libertad de los protagonistas es, simplemente, aparente. Sus decisiones pueden ser descifradas desde las intenciones y los deseos de la mente más o menos imaginativa de su padre literario.
La vida real nos presenta una situación mucho más compleja. Cada ser humano, cuando ya ha adquirido el uso de la razón, toma sus decisiones desde la libertad, se autodetermina, se orienta a sí mismo hacia un lado o hacia otro.
Es cierto, lo notaban pensadores como Viktor Frankl y Ortega y Gasset, que las circunstancias atenazan, impiden muchos de nuestros sueños, condicionan en mucho las posibilidades de elección. Pero también es cierto que entre cadenas un prisionero puede amar u odiar, mientras un empresario puede emplear su dinero para emborracharse o para ayudar a los pobres.
Cuando un ser humano adulto, pobre o rico, europeo o asiático, en casa o de viaje, toma una decisión libre y responsable, muchas veces no alcanzamos a comprender el porqué de sus actos, los motivos de su voluntad, las causas que lo llevaron por un camino en vez de por otro.
La libertad verdadera encierra misterios incomprensibles. Algunos psicólogos, sociólogos, biólogos, neurólogos o filósofos, han elaborado teorías que anulan la libertad, que convierten a los seres humanos en títeres controlados por las hormonas, por las masas, por las informaciones recibidas, por la herencia genética o por la zanahoria puesta ante los ojos de cada uno.
Este tipo de explicaciones, sin embargo, no llega a comprender lo más rico y lo más profundo de la libertad humana: la capacidad de hacer el bien o el mal, la apertura hacia horizontes de justicia o de destrucción desenfrenada, la fuerza del amor humilde o del odio despiadado.
Hoy, como ayer, existen promotores de teorías fatuas que suponen que un día las computadoras o los científicos podrán determinar todas y cada una de nuestras acciones, supuestamente libres pero férreamente controladas por fuerzas mecánicas o por factores ambientales. Tales promotores sueñan con llegar a conocer lo necesario para “dominar” el futuro humano, para adquirir una especie de ciencia “subcreadora” que lograría predecir y controlar lo que “decida” cada hombre y cada mujer de nuestro planeta.
Mientras tales promotores siguen con sus esfuerzos y sus estudios, un joven, un adulto o un anciano, pueden decidir hoy, desde esa voluntad maravillosa que todos tenemos y desde la grandeza de corazones buenos, romper con su egoísmo, arrancar perezas, dejar avaricias, para entregar sus energías y su tiempo en la hermosa tarea de ayudar a quienes viven a su lado.
Lo hará libremente, y se convertirá, así, en un promotor (un auténtico “subcreador”) de belleza y de justicia, en un colaborador humilde en el gran proyecto del verdadero Creador, del Dios que es Padre y Amigo de los hombres.

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