Igualdad y diversidad

La verdadera dignidad de la mujer se encuentra, en muchas ocasiones, amenazada por dos posturas extremas y al mismo tiempo opuestas: el feminismo radical y el machismo.


Diego Calderón
La verdadera dignidad de la mujer se encuentra, en muchas ocasiones, amenazada por dos posturas extremas y al mismo tiempo opuestas: el feminismo radical y el machismo.
Algunos grupos feministas radicales insisten en la promoción de los “nuevos derechos de la mujer” ante la ONU afirmando que las diferencias de función entre la mujer y el hombre no son naturales sino culturales.
Desde esta panorámica, promover la “igualdad de género” equivale a insistir en una uniformidad indistinta entre el varón y la mujer. De este modo se cataloga el papel de la madre como “estereotipo negativo”.
Frente a un feminismo radical que promueve la uniformidad indistinta entre el hombre y la mujer es necesario tener presente que las diferencias sexuales inscritas en la naturaleza humana no son una construcción cultural sino que Dios en su designio ha creado al ser humano varón y mujer con una unidad y al mismo tiempo con una diferencia originaria y complementaria (cf. Benedicto XVI, Discurso por la conmemoración del XX aniversario de la Carta apostólica Mulieris Dignitatem, 9 de febrero de 2008).
Por otro lado, la mentalidad machista se presenta como el extremo opuesto al feminismo radical. Hay lugares y culturas donde la mujer es discriminada o subestimada por el solo hecho de ser mujer. Se recurre incluso a argumentos biológicos y a presiones familiares, sociales y culturales para sostener la desigualdad de los sexos.
El machismo construye diferencias abismales y conflictivas entre el hombre y la mujer provocando graves consecuencias como actos de violencia contra la mujer, convirtiéndola en objeto de maltrato y de explotación en la industria del consumo y de la diversión.
Esta mentalidad machista es fuente de la desigualdad entre el hombre y la mujer e ignora la novedad del cristianismo, el cual reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer con respecto al hombre. El compromiso de los cristianos está en ser promotores de una cultura que reconozca a la mujer, en el derecho y en la realidad, la dignidad que le compete (cf. Ibid.).
Igualdad y diversidad entre el hombre y la mujer son dos realidades de una misma vocación a la reciprocidad, a la complementariedad, a la colaboración y a la comunión (cf. Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 6).
La igualdad del hombre y de la mujer es una verdad antropológica fundamental porque su dignidad como personas se basa en el hecho de ser creadas a imagen y semejanza de Dios, el cual “varón y mujer los creó” (Gn 1,27).
Esta igualdad en dignidad no oscurece la diversidad arraigada y profunda entre lo masculino y lo femenino. Desde esta perspectiva se evitan visiones extremistas como la uniformidad indistinta, la igualdad estática y empobrecedora, o la diferencia abismal y conflictiva (cf. Carta a las mujeres, n. 8).
En el marco de la igualdad y de la diversidad, la mujer y el hombre poseen una misión y vocación específica tanto en la Iglesia como en el mundo. En este sentido, Benedicto XVI resalta el papel fundamental de la familia dentro de la sociedad como la comunidad de amor abierta a la vida (cf. Benedicto XVI, Discurso por la conmemoración…).
La igual dignidad entre la mujer y el hombre está radicada en que ambos fueron creados a imagen y semejanza de Dios sin oscurecer la diversidad entre lo masculino y lo femenino dentro del designio divino. La vocación del hombre y la mujer a la reciprocidad, a la complementariedad, a la colaboración y a la comunión encuentran su expresión en la maternidad y la paternidad, si bien existen modos de vivir la condición masculina y femenina según formas de consagración a Dios y a los hermanos.

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